miércoles, 16 de septiembre de 2009

Colonia, o el lugar de donde de la nada surge la catedral más grande de Alemania.



De la ciudad de las aguas de colonia y de los tres Reyes Magos, creo que un artículo que encontré en su momento en el suplemento de El Mundo lo dice todo y no lo puede hacer mejor:
"Lo bonito de viajar es que hace polvo los clichés. La leyenda oficial nos presenta una Alemania fría como el hielo, poco dada a regalar sonrisas y con el sentido del humor poco menos que fuera de combate. Es una creencia tan admitida en España que cualquiera se dejaría el alma argumentándola. En realidad, es una sensación de ida y vuelta, porque la España que se vislumbra desde el norte de los Pirineos sólo tiene presunción de veracidad si se conjuga en pretérito perfecto.

Desde luego, ni los españoles somos tan toreros ni los alemanes amueblan sus cabezas cuadradas con ladrillos. Entre otras cosas porque, si España es un prodigio de pluralidad, Alemanias hay varias y muy distintas. Colonia es quizás la ciudad germana donde peor sientan todos esos estereotipos. De hecho, saltan por los aires. Un ejemplo: en sus calles, las cabelleras rubias son minoría evidente.

(...)


Al finalizar la guerra había que reconstruir y rápido, porque los miles de personas que seguían en ella no tenían siquiera hogar. Ello explica por qué Colonia posee una estética arquitectónica y unos edificios bastante básicos. De hecho, puede decirse que es una ciudad que sin ser fea, no tiene el pedigrí de otras de su clase, que por bonitas son a la vez tan aburridas que dan pena. Pero, ¡qué diablos!, que se mueran los guapos, seguro que a su guapura limitada debe Colonia su espíritu alegre.


HISTORIA PÉTREA. Todo acontece en la ciudad alrededor de su catedral... Ahora bien, la visita del interior del principal monumento es poco menos que imprescindible. Es un espacio que cuenta con tesoros histórico-artísticos incalculables, como el relicario de los Reyes Magos. Pero, sobre todo, es como una gran enciclopedia: sus 144 metros encierran la Historia viva, no sólo de Colonia, sino de toda Alemania. Lástima que exteriormente sufra el azote de la enfermedad de la piedra, un manto negro de lluvia ácida. Ese aspecto desolador hace inevitable caer de nuevo en el tópico: «En la Europa pulcra y bien afeitada, ¿tan difícil es lavarle la cara a la pobre catedral?», preguntaría cualquiera.

Pues sí, la limpian periódicamente. Pero ocurre que la lluvia ácida tiene bastante mala sombra y, tras tres o cuatro años, vuelve a incrustarse la negrura. O sea, que es una batalla perdida. Con todo, aquella pregunta y sus porqués son los que cualquier habitante de Colonia está esperando de un extranjero. «Es la lluvia ácida que nos manda la industria pesada de Francia, Inglaterra o Bélgica...», apuntaría con fina ironía. Luego haría una pausa, y con los primeros síntomas de duda en su interlocutor, añadiría: «Nosotros enviamos la nuestra a los países del Este». Ese humor, que no se lo agencien los británicos; es puro estilo de vida kölsch. Y es que, por tener, en Colonia se gastan hasta el sentido del humor. Como dice un ancestral dicho romano, «quien no conozca Colonia, no conoce Alemania».

¿La ciudad de la alegría? Igual sí y todo. En mi caso, tuve que disfrutarla un día de lluvia en el que había hasta ratones en el Burger King (caso real), y al final la estancia fue, pues eso, de turismo justo y obligado y mucha, mucha fiesta.






En las fotos, la mole de piedra emergiendo entre varios edificios cualesquiera y Naiara con un paraguas de dos euros.

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