Cuando viajas a Cuba, conoces cubanos. No en todos los viajes de turismo terminas hablando de todo y de nada con autóctonos, pero en Cuba es casi irremediable (aunque muy de agradecer). Porque los cubanos se acercan, hablan, cuentan, preguntan, acogen. Y entre unas y otras, dicen verdades como la de más atrás. Viven bonito, o al menos no se quejan demasiado, pero les falta lo fundamental. Y eso que los lugareños que marcaron nuestros dos días en La Habana eran la excepción a la regla, o lo más cosmopolita de la ciudad: casa perfectamente reformada, televisión de plasma, miniportátil, equipo de música, marco de fotos digital. A la europea. El dueño había sido modelo, viajado y vivido por el mundo, aprendido desde catalán hasta italiano. "Pero siempre vuelvo a Cuba", decía. Y mientras tanto, sus amigos, que aún no habían salido de la isla, explicaban todo lo demás: las cartillas de racionamiento, el sistema de adjudicación de casas, de coches, la parafernalia que supone tratar de viajar al extranjero.
Uno de ellos, de nuestra edad (empezando la veintena), había conseguido permiso para venir a España en unos meses. La verdad, le brillaban los ojos. Y le dije que se casara con el chico al que venía a visitar, su novio desde hacía varios años. "¡¿Con un hombre?!". Claro, allí está perseguido, y sus fiestas son clandestinas. Le contábamos que en Madrid tenemos un barrio gay, Chueca. Y con su tono vacilón, respondían: "Esta casa es el barrio gay de La Habana". Si es que aunque te estén diciendo con tono y cara de verdadera apatía que nada va a cambiar, porque "nuestros padres llevan cincuenta años esperando a que algo cambie y aquí no pasa nada", mantienen la sonrisa en la cara y el sentido del humor.
Por lo demás, hubo lluvia (en serio), cocotaxis, mojitos a las horas más tempranas, puros y ron, revolución en cada 'cuadra', cantautores a los que adorar y seguro que muchas otras cosas que me dejo - 48 horas, en el fondo, dan para todo lo que quieras-. Pero ya lo dije aquí, y me reitero: el turismo termina siendo lo de menos, y las personas, lo de más.
En las fotos, el vendedor de periódicos que posó a cambio de un peso, Matanzas (a medio camino entre La Habana y Varadero) y la Plaza de la Revolución, con el Che a la izquierda, Cienfuegos a la derecha y unos que pasaban por allí en el centro. El resto: en Flickr.



Bonito e interesante post.
ResponderSuprimirCoincido mucho. Ya sabía yo que no te iba a dejar indiferente, claro.
ResponderSuprimirLa combinación "frase inicial + vendedor de periódicos" es absolutamente espectacular.
ResponderSuprimirRecurriendo a mis anglicismos indiscriminados: goose bumps.