martes, 27 de julio de 2010

Julio en Taiwán

Empañada, a través de las gafas o del visor de la cámara, y de noche: así es como vi la isla de Taiwán. De día, sólo durante los trayectos en minibús y cuando las carreteras llenas de baches no me dejaban recuperar el sueño de las noches en vela (y en una sala de ordenadores con mosquitos asesinos) que brindaba el cambio horario. Seguramente fueran las ventanas del vehículo las culpables de que, bajo la luz diurna, que no del sol, la cara de las ciudades taiwanesas tirara más bien a gris. Pero la noche, a partir de las seis, era otro cantar: los paseos (un suicidio capilar completo debido a la humedad del ¿90%?) por los mercadillos nocturnos se convertían en una mezcla de puestos de ropa o electrónica, olor a fritura y vida en la calle a partes iguales. En color y ruido, carteles luminosos, tiendas buenas, bonitas y baratas de tanto en tanto.






Y de turismo, poco más: el famoso segundo edificio más alto del mundo, la torre 101, que en las distancias cortas pierde -o eso me pareció- espectacularidad; el Museo Nacional, en cuyo restaurante los platos imitan a las reliquias que alberga, y quizá el gastronómico en todas sus variedades (taiwanesa, china, japonesa...), que el primer día tiene gracia pero al tercero te hace correr desesperada hacia un McDonald's.

Lo que vi de Taiwán no es bonito, sí curioso. En las fotos, el parking al amanecer, un puesto de comida en la calle y el color del mercadillo nocturno. Alguna curiosidad más, como siempre, aquí.

Pd. Me voy en cinco horas a darlo todo aquí.

Pd2. Antes de irme al Oriente estuve en Amberes y, sí: el estudio más bonito del mundo es mío. Me queda sólo un mes en Madrid.

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