sábado, 14 de agosto de 2010

Retrato del mes de agosto

Cuando me preguntan, o simplemente cuando me apetece contarlo, digo "imagínate la Puerta del Sol, centro puro, y Malasaña: pues mi casa está en Malasaña y mi facultad en la esquina de Fuencarral con Gran Vía. Más o menos". Quedan 15 días de agosto para llegar y establecerme en esa Malasaña que es Huikstraat, tan cerca de la Grote Markt que sería Sol. Después de años renegando de esta ciudad dormitorio, de la dependencia de los autobuses Alsa para todo, de la vida deslocalizada a una hora en transporte público de casa, empiezo a apreciar el verde y tranquilo Tres Cantos. Bajar al césped cualquier noche de verano, incluso invierno, tomar Nestea, cerveza, helado o unas pipas, contarnos cómo ha ido la semana. ¿Hay algo mejor? En Amberes tendré bicicleta, dos ventanales que dan a la calle -ya era hora de dejar de vivir frente a un patio interior-, un sofá y tiempo para la vida más contemplativa. Pero, cuando estuve hace un mes, vi poco césped: un imprescindible en mi vida. Y ya siento que echaré (sólo un poco) de menos la aldea tricantina.

Este agosto lo tenía claro: como alguno de antaño, de tiernos 18 recién cumplidos, debía ser una continua fiesta de despedida. Ya no hay vodka Eristoff con ese engendro llamado Blue Tropic, y en las calles que cortan San Mateo las obras han terminado y no podemos camuflarnos de las multas, pero a cambio podemos ir hasta Galicia, instaurar un particular ayuntamiento de Viveiro y tener veladas con ron clandestino o bricks de sangría. O a una urbanización perdida de Guadalajara para hacer guateques rurales y que las costillas de la barbacoa terminen en la piscina. Realmente, tres cursos de rutina laboral y universitaria después, tampoco hay nada mejor que dejarse de normas, hacer del Monster y el café otros aliados imprescindibles en el día a día y recordar que los 21 no están tan lejos de los 18.

"Un cambio en tu vida nunca viene mal", me decía, así, en modo genérico, un recién llegado de Erasmus anoche, en otro de esos planes fijos del verano que son las fiestas de La Latina. Más que eso, son las ganas de refrescarla. De que permanezcan los básicos, junto al césped (lo buscaré), el café y el Monster (recién llegado pero ya establecido) y se renueve todo lo demás. Al final, el Ministerio, la Comunidad, la Universidad y sus santas madres no lo están poniendo fácil, pero es verano, como que me siento en paz y he dejado de ser una queja andante. Más o menos. A cambio, digo públicamente todas estas tonterías después de la siesta. ¿Qué más da? En el fondo, no suelo hacer otra cosa.

No hay fotos que apuntar ni nuevas entradas en mente. Hasta entonces, lo de siempre: sigo dando el coñazo en Twitter. Que disfrutéis del resto del mes de agosto.

2 réplicas:

  1. El vodka, con Redbull.

    Y si dura el efecto en esos traqueteantes viajes de autobús de vuelta al hogar, pues oye.


    Buen viaje ^^

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  2. Si es que el argumento de la extinción cojea por todas partes... sería caro, pero podría seguir pastando feliz, y sino.. una especie creada por la mano humana que no se pueda mantener sin su ayuda, ¿por qué no puede extinguirse?

    Por cierto, ¡eres un fenómeno escribiendo!

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