Aunque algunos políticos no lo sepan, el metrobús existe. También el abono mensual, con el que por 38 euros te mueves durante todo el mes por la capital y alrededores en cualquier medio de transporte público, o lo que es lo mismo: el sustento de mi rutina madrileña, llena de tiempos muertos en viajes de autobús y metro. Algún día maldeciré mis palabras, pero después de años quejándome del trayecto diario de mi casa a Madrid, de ida y vuelta, y a veces de ida y vuelta dos veces, ¡o tres!, resulta que ahora lo echo de menos. No es que moverse en bicicleta y vivir a -literales- segundos del centro, la facultad, el supermercado y los bares no mole, pero ahora mismo bajaría a mi parada, esperaría a alguno de esos autobuses que siempre tardan más de lo que deben, vería los cuatro mamotretos de Plaza de Castilla emergiendo sobre el limpio cielo de Madrid, me cabrearía con los que se quedan parados en el lado izquierdo de las escaleras mecánicas, con los canis que creen que el móvil es un radiocassette o con los pesados del Círculo de Lectores y lo disfrutaría todo.
Tengo un nuevo amigo. Es polaco y dice que no le gusta donde vive. También dice que nota en mi cara que a mí me gusta mucho donde vivo.
La distancia te hace apreciar hasta lo que más odiabas en casa.
Besos,
Lía
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