Cómo cambian los intereses de una, ¿eh? Iba simplemente a subir algunas fotos de mi último viaje a Berlín pero mientras tanto se me ha ocurrido releer lo que escribí la primera vez que fui. Fue en 2009, parece que han pasado mil años pero no. Aunque de ese post hayan desaparecido casi todas las fotos (dado mi creciente diógenes online borré la mitad de mi material en Flickr, así fue), la esencia es que lo que más me llamó la atención entonces fueron las casas ocupadas, las fábricas reutilizadas y el arte urbano. Supongo que no veía mucho de eso por Madrid y así me flipé. Aunque curiosamente ha sido volver del Erasmus y que aquí tengamos La Tabacalera llena de hippies y con un espacio de street art y el Matadero en modo espacio industrial reutilizado, encima al ladito del parque nuevo, Madrid Río. Y todo en mi barrio. Viva mi barrio. Hablaremos de él en otra ocasión.
La felicidad y las ventanas grandes
El caso es que ahora, dadas las fotos, veo que lo que más me ha llamado la atención en mis últimas visitas han sido los edificios en general. Sus ventanas gigantes. Sus no-patios interiores y sus fachadas de no-ladrillos. Yendo por partes: la luz mañanera entrando por la ventana me parece, junto al medio litro de café aprox., lo mejor del día.
De vuelta en Madrid y en la búsqueda de un piso decente a precio decente (estudiantil) me di cuenta de a) las ventanas no son tan grandes y, lo que es peor, hay pisos con habitaciones sin ventana b) el terrible concepto de patio interior - patio de luces (¿de luces? ¿QUÉ LUCES?) que se debió llevar en su momento en esta bendita ciudad. Una capturita de Google Maps lo explica en un momento mejor que yo:
Los cuadraditos dentro de cada edificio en la foto de arriba son patios interiores. Es Madrid. El equivalente, abajo, son los cuadrados verdes. Es Berlín. Caben árboles. Entra luz.
Por otro lado, está el asunto de los no-ladrillos, sino las fachadas de colores diversos (antaño grises, repintadas en los últimos años, según me dijo una amiga de allí). Ojo que aquí las hay preciosas y con balconcitos. Pero a precio no-estudiantil y con patio interior en su mayoría, no lo olvidéis.
Ahora vivo con mi amiga más antigua, que además es estudiante de Arquitectura, y, a veces, cuando no está estudiando nos sentamos en la terraza y digo: Inma, ¿POR QUÉ? Las ventanas más pequeñas, me dice, porque igual en verano sales ardiendo. Es cierto que en Europa tienen menos luz y necesitan ventanas más grandes. Me consuela que ganamos en persianas. Los patios interiores, porque hay menos espacio. Estamos "apiñados", dice Inma, porque hay menos metros para construir y blablabla. Esto no termina de quedarme muy claro aunque de momento lo acepto. ¿Pero el ladrillo...?
El terrible tema del ladrillo
El ladrillo de por sí es un tema scary, más ahora que por fin hemos visto que tanto ladrillo no podía traer nada bueno. Pero cuando yo pregunto que por qué esos ladrillos me refiero al material en sí, a ese color pardo feo que puebla la ciudad, las afueras de la ciudad, las ciudades dormitorio de un poco más afuera de la ciudad y, en fin, una parte importante del país. Me dijo Inma que es porque es un material más barato, me dio pena, me convenció, pero no por ello dejé de comentar el tema, dado que realmente me dolía salir a la terraza y ver tanto ladrillo.
Otro amigo me puso sobre la pista: sí, el ladrillo es feo. Pero lo identificamos con hogar. A la gente no le des materiales más estéticos: a la hora de vivir en ellos, no lo sentirán como un hogar. Este artículo de El País me lo confirmó: "en los nuevos PAU [Programa de Actuación Urbanística] hay actuaciones muy brillantes (...) pero están rodeadas de edificios horribles, homogéneos, sin ideas. Y son precisamente esos pisos, los de enfrente de los buenos, los que están hechos 'como Dios manda', donde la gente prefiere vivir porque son como los que tiene su cuñada. Esa alienación me horroriza, ese deseo de estandarización, ese triunfo de lo de siempre sobre lo bueno".
La negrita para dramatizar es mía. Ahí lo lleváis: la culpa de las fachadas feas la tienen esas ganas de tener lo mismo que el de al lado, o más.
De aquí a unos años esa estética será vintage y nos gustará a todos, pero hasta entonces me quedo con los edificios de colores.
Y sí, las comparaciones son odiosas, pero los patios interiores, las ventanas pequeñas o no-ventanas y los ladrillos, también.
Hasta otra, besos,
Lía


Las ventanas tochas estas de Berlín, y muchos países ya de por ahí cercanos son un acierto del bueno. Decir que no es que pillen mucha luz en invierno... pero los estudios y casas que encuentras con esas pedazo ventanas... te dan ganas de irte a vivir allá y montar un estudio-biblioteca-vanguardista de la vida. Al menos a mí... Yo que sé....
ResponderSuprimirQué me vas a contar, Borja, yo en Bélgica tenía un estudio con dos ventanales maravilloso que no puedo echar más de menos :(
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