domingo, 23 de mayo de 2010

Entrevista a Javier Bauluz: "Hay cosas que siguen siendo una vergüenza"


Desde algún lugar de Asturias, su tierra natal, sin teléfono fijo y con ecos e interferencias patrocinados por Telefónica, Javier Bauluz (Oviedo, 1961) saluda, se preocupa de que en pleno año 2010 la tecnología móvil no dé problemas y con puntualidad inglesa comienza a contestar. Sereno, de tono sosegado pero ideas contundentes, aun teniendo sólo su voz no es difícil imaginarle sentado tranquilamente mientras conversa. A estas alturas de la vida y con tantos proyectos, conferencias, viajes y medios a los que atender entre manos, sorprende que no haya interrupción alguna durante la media hora larga de charla que me concede. Acaba de poner en marcha, hace poco más de un mes, su última iniciativa: PeriodismoHumano, un medio digital y sin ánimo de lucro. Y, aunque contento por la labor que están realizando él y los treinta periodistas a su cargo, y por los resultados que está dando, se siente algo atrapado en su despacho de señor director. “Me tiene un poco secuestrado. Pero claro, necesita cariño, tiempo, dedicación, habrá que criarlo para que crezca. El único problema que tiene es que no nos deja dormir lo suficiente. ¡Y yo de lo que tengo ganas es de salir!”.

Es la claustrofobia, tan comprensible a este otro lado del teléfono, de alguien que lleva desde los 21 fotografiando el mundo, los conflictos, las injusticias, las personas. El inmenso Hyde Park, allí donde los londinenses corren, pasean a su perro y hasta se quejan los domingos por la mañana en el Speaker's Corner (o la esquina de los oradores), fue testigo de sus comienzos, puramente autodidactas. Corría el año 1981 y Bauluz, como tantos jóvenes, se había ido a la capital británica a fregar platos para aprender inglés. “Y creo que es algo que debería hacer todo el mundo”, dice desde la experiencia. “Me dejaron una cámara de fotos y ahí estuve, en primera línea fotografiando una manifestación”. Y fue entonces cuando dijo eso tan famoso, retratado en cualquiera de los textos que se le han dedicado, de 'mamá, ya sé lo que quiero hacer. No sé cómo, pero ya sé el qué'.

Han pasado desde aquello casi treinta años y, entre otros, Marruecos, España, Nicaragua, Ruanda, Bosnia, Chiapas, Chile, Perú, Guatemala, El Salvador, Palestina, Kosovo. “Insistí, fui aprendiendo, metiéndome en todo tipo de líos...”, cuenta. Casi del mismo modo en que le veo sentado hablando por el móvil, le veo hace treinta años imparable, agitado, cámara en mano buscando la imagen y la denuncia en cada uno de esos 'líos'. Unos líos que le han valido galardones como el Premio Godó, el Julio Fuentes de Periodismo, el Foto Pres o el cualquier-periodista-desaría-tener Premio Pulitzer. “Único español que ha recibido un premio Pulitzer” es la frase que acompaña a su nombre allá donde aparezca. Lo ganó en 1995, junto a tres compañeros de AP (Jackie Arzt, Jean-Marc Bouju y Karsten Thielker) por la cobertura del holocausto en Ruanda.

¿Se quedaría con ese fotoreportaje, el que más reconocimiento ha recibido, si tuviera que elegir uno? “¡Pufff! - resopla – Es como si me preguntas qué hijo prefiero”. Y tiene tantos. En Marruecos, la revuelta del Rif; en España, la reconversión naval de Gijón, en Nicaragua, la guerra civil, por mencionar alguno. “Como ejemplo de lo que llevo haciendo todos estos años me gusta la foto del niño intentando derribar un helicóptero con un tirachinas, en Palestina, que algunos llamaron 'David contra Goliat'. Pero en fin... como decía un amigo, 'vales lo que vale tu última foto'. No puedes vivir de las rentas eternamente”.

Y, sin embargo, no es una cuestión de rentas lo que transmite. A sus 49 años, sigue siendo la voz de la inquietud. Ya dijo en su momento que el día que dejara de “sentir esto” se dedicaría a hacer fotos a Lola Flores (o similares), y ese día queda aún lejos. Bauluz quiere seguir haciendo fotos que vayan “a la cabeza o al corazón. Y no al estómago. Es mi definición, mi línea”.


  • ¿Y qué opina cuando un medio pone en portada la foto de dos cadáveres desangrándose en un vagón de metro que acaba de estallar? (Moscú, 29 de marzo, elmundo.es)

  • Tanto el exceso de morbo como la banalización y trivialización de la información son errores. No mostrar nada porque 'ai, los lectores, a ver si les va a sentar mal el desayuno' es un completo desastre, y regodearse con el morbo, no respetar la dignidad de nadie y hacer hasta programas del corazón espectacularizando la pobreza y a los más débiles me parece más demencial todavía. Hay que saber buscar el punto exacto.

Sólo la experiencia, ah, bendita experiencia y años de trabajo a las espaldas, permite esa rotundidad, esos planteamientos concluyentes y que tan bien le vendrían a más de un editor gráfico. Ideas claras, eso sí, siempre sin alzar la voz, sin enervarse, con la indignación asumida de que los hay que banalizan, trivializan y espectacularizan. Aunque de la quietud a la irritación parece haber una fina línea, finísima si se tocan cuestiones sobre las que uno ya está más que harto de defenderse, a sí y a su trabajo.

Pongámonos en situación: 1993. El sudafricano Kevin Carter tocaba el techo de su carrera como reportero gráfico con una fotografía en Sudán, que mostraba a una niña famélica, con un buitre al acecho, y que se llevó el Pulitzer el año siguiente. El debate sobre la correcta o incorrecta, moral o inmoral actitud de Carter es ya un clásico. Y todo el mundo se siente con derecho a opinar. ¿Debería haber salvado el fotógrafo a la criatura? ¿Hizo bien su trabajo?

  • En las facultades de Periodismo se discute la foto de la niña y el buitre de Kevin Carter...

Se enciende. Atrás deja el tono tranquilo, lento, con puntos suspensivos y risas entre dientes para dar una respuesta de las de ceño fruncido, argumentos más que claros, puntos y seguidos que parecen finales y dedo índice acusador.

  • Mira, yo no suelo ser muy cínico ni muy sardónico, pero cuando me plantean esto me apetece serlo. Usted que me está preguntando eso, ¿qué coño hace por esa gente? Encima que estoy allí intentando contarle lo que está sucediendo a usted y a varios millones de gente, usted me dice a mí que por qué estoy allí parado. ¿Y qué hace usted sentado en el sillón de su casa? Es muy fácil criticar lo que uno hace desde ahí. ¡Y yo sí sé lo que hago cuando estoy en esos sitios! Yo no voy allí de enfermera ni de médico, mi función es la que es, pero, evidentemente, antes de ser periodista soy un ser humano, igual que el carnicero o el dentista. Pero, por ejemplo, en Ruanda: la foto famosa es de una madre muriéndose de cólera con su niño al lado. ¿Qué hago, me los traigo a Madrid? Si hago algo por esa persona, qué hago por el resto de gente alrededor, ¿paso de ellos? ¿Selecciono a quién salvo y a quién no? Ya lo dijo Kennedy: “no es lo que tu país puede hacer por ti, es lo que tú puedes hacer por tu país”. Pues aplícate eso.

Cuando sucedió aquello, no estaba ni definido el Síndrome del Estrés Postraumático que periodistas veteranos, médicos, enfermeras, militares, sufrieron después, me cuenta. “Hay que tener muy claro por qué hace uno estas cosas. Pero a pesar de eso, Ruanda sobrepasaba las muchas barbaridades que podía haber visto antes. Tener un millón de personas delante, que lo único que hacían era morirse de cólera...”. Carter se suicidó meses después de la foto de la niñita, el carroñero y el Pulitzer. Bauluz siguió y sigue contando historias.

En una de ésas, nos dio a los españoles de nuestra propia medicina. Es (más) fácil dejar que la realidad pase de largo cuando está a tantos kilómetros como Ruanda. Pero, ya en casa, en el año 2000, Bauluz conmovió a esta sociedad anestesiada mostrándole su propia y vergonzosa ignorancia ante la barbarie. La imagen de una pareja de bañistas, ajenos e indiferentes al cadáver de un inmigrante en la costa de Zahara de los Atunes (Cádiz), fue publicada en medios de todo el mundo, llegó a la portada del New York Times y dio hasta para la polémica parte de un libro un libro, firmado por el periodista Arcadi Espada, en el que afirmaba que la foto estaba 'construida' de forma que se aislaba 'a las otras figuras presentes en el drama:
policías, médicos, leguleyos, personal de asistencia, curiosos, bañistas' y con 'una óptica adecuada que colocara en una falsa cercanía a los bañistas y el cadáver'. lleno de falsedades e insultos sobre ella. Pura farsa, como más tarde demostró el Consejo de la Información de Cataluña. demostraron los tribunales. Pero ésa es otra historia. La verdadera lectura de aquella denuncia sobre la tragedia de la inmigración en el Estrecho no puede reducirse a los trapos sucios del mundillo de la profesión. ¿Y es positiva, si echamos la vista atrás? Relativamente sí. “La recepción humanitaria ha cambiado mucho”, explica. “En esa época era realmente brutal, llegaban cientos o miles de inmigrantes en patera y no se les daba ni la más mínima atención humanitaria básica. No se les trataba ni como náufragos que llegan heridos, quemados; se les trataba prácticamente como animales. El Gobierno no hacía nada de nada. Ahora la situación es distinta. Otra cosa es qué pasa después, pero en aquella época podían estar en malas condiciones, con hipotermia, heridos, tirados en el suelo durante, cuatro, cinco, seis horas, sin ninguna clase de nada. Los únicos que hacían frente a eso eran los guardias civiles... y ellos sólo tenían su pantalón y su camisa. Algunas veces tenían que pagar hasta los biberones para alimentar a los recién nacidos que llegaban”.

El fotoreportaje, del que la imagen de la discordia es sólo una pequeña parte, le provocó a Bauluz pura vergüenza de español. “¿Cómo no me va a dar vergüenza pertenecer a una sociedad que permite eso?”, decía poco después en una entrevista. Y, sí, las cosas han cambiado en algún aspecto. Pero no lo suficiente como para dejar de sentir vergüenza. PeriodismoHumano publica estos días un reportaje titulado “La absurda muerte de Abdouyale”. Él mismo lo cuenta, cuando habla como un papá primerizo de las varias historias que han sacado a la luz. La venta de armas en España, la cancelación de un reportaje en TVE por la llamada de CEPSA... Y en esto, vuelven los puntos suspensivos, baja el tono, duele contar una historia de final infeliz. “Hemos publicado que en Ceuta y Melilla se está prohibiendo a los inmigrantes cruzar a la Península, incluso con el documento necesario para hacerlo. Y muchas organizaciones lo han denunciado... Amnistía Internacional, el Defensor del Pueblo, porque es ilegal. Lamentablemente, el viernes, uno de esos chicos, que intentaba venir a España, con sus papeles y documentación... trató de cruzar en los bajos de un camión y falleció. Sí, hay cosas que siguen siendo una vergüenza”

Es la voz quebrada de quien tiene por bandera que 'absurdeces' como ésta salgan a la superficie. Como función social, al servicio del ciudadano. Porque “tan necesario como defender la buena cultura y la buena sanidad, igual o incluso más es defender una información de calidad”, reflexiona. “...Y es que, realmente, si nos estuvieran engañando todo el día, seríamos tan ignorantes que no podríamos ni actuar ni opinar. Y, por desgracia, ese periodismo tóxico está creciendo”. Con PeriodismoHumano, su nuevo retoño, pretende volver al origen del periodismo. En versión digital, para ahorrar costes, financiado mediante donaciones e instituciones y sin 'modelo de negocio', porque no hay negocio. “No pensamos que el periodismo sea hacerse rico, sino dar un servicio al público. Que se caiga el muro entre la parte empresarial y periodística”.

¿Financiarse mediante donaciones cuando a) nadie se rasca el bolsillo en plena crisis b) el 'todo gratis' parece imperar en la información digital? Pues sí. Y mira ProPública, también digital y también sin ánimo de lucro, que, hablando de Pulitzers, se ha llevado uno este año. “Parece que estamos un poco locos... pero ¡fíjate! ¡Estos de PeriodismoHumano están locos pero sus primos americanos llevan un año y ya tienen un Pulitzer!”. La voz de la satisfacción por el trabajo bien hecho, aunque tenga su punto de locura, propone recuperar el oficio. Formar equipos de periodistas, publicar aprovechando las nuevas herramientas y lo barato que lo ponen, “una fórmula mucho mejor que la de pasarse demasiado tiempo en las redacciones, de becario explotado, donde te matan la ilusión y la vocación”. Lo sabe porque se lo cuentan. Y para estos tradicionales centros de 'fabricar periodismo', también tiene un recado: “Lo del negocio está muy bien, pero cuando el carnicero se pone a vender carne podrida empieza a ser malo para la salud. Aunque sea más rentable”. Lo suyo, las cosas claras.


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Reaparezco efímeramente para dejar lo, casi, último que he hecho estas últimas semanas de puro trajín universitario y burocrático. La entrevista es parte de una asignatura de este cuatrimestre; la foto, de Antonio Rull.

Volveré, supongo, con los 40º a la sombra en la capital y el despiadado horario de verano. En realidad, sólo queda una semana. Hasta entonces, que mayo os sea leve.

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