miércoles, 30 de marzo de 2011

Sociología del buen tiempo

La noticia de la semana es que la primavera ha llegado a Amberes. Tan pronto como ha llegado se ha ido, todo sea dicho, y en el momento en el que escribo esto la calle está gris y cae uno de esos chaparrones que tanto se estilan por aquí. “Ya van… ¡SIETE DÍAS! de buen tiempo”, me decía ayer con cara de MUCHO asombro una compañera de clase belga. Porque, en efecto, aunque la cercanía al mar hace que el cielo esté despejado más a menudo de lo que yo esperaba, no es frecuente que dure así tantos días. Mucho menos que lo haga a una media de 14º.

La llegada del sol y el cambio de hora, que han coincidido con la visita de un amigo (y en consecuencia con un pequeño break en mi ardua rutina universitaria para enseñarle la ciudad), me han redescubierto la Europa del buen tiempo: la que se llena de gente en las plazas, en las terrazas, en los parques y en las fuentes, donde hasta he visto estos días a niños rebozarse (remarco de que hablamos de 14º, no de 40º, que es cuando en España se dan tales escenas). La de todo el mundo sonriendo y ganas súbitas de salir a la calle a comer sándwiches, sacar fotos, leer, escuchar música o simplemente ESTAR. Para mi amigo, que venía de Madrid, eso de tomarnos unos Doritos o una caña en una terraza eran situaciones muy normales; para mí, después de siete meses aquí, eran circunstancias de llorar de alegría (prácticamente). Para los belgas ya os digo, una fiesta, un alboroto; se les veía en las caras y en los cuerpos blancos que exhibían al sol (y repito que hemos estado a máximas de 14º).

Después del invierno, oscuro y frío del carajo (permitidme la expresión pero es que es así), unos días de sol y cervezas al atardecer (aunque tu calle se llene de gaviotas cada mañana, vivir al lado del puerto es gloria para este tipo de actividades) me reconcilian con la vida europea.

Besos,

Lía

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