jueves, 2 de septiembre de 2010

Desórdenes

Un café doble, o triple, por favor. Los ventanales siguen cerrados a cal y canto, pero por la pequeña ventana que ventila la cocina se ha colado e instalado conmigo un mosquito zumbón al que aún no he visto, sólo oído. Eectivamente, no me ha dejado dormir (nada), y aunque agosto me ha hecho una veterana en esto de mezclar el día y la noche, el empalme es desafortunado: junta el día más ocupado de los que llevo aquí con el comienzo del curso de Dutch.

Los alrededores del Lidl eran ayer un festival ciudadano. Cruzando Italiel, la gran avenida que divide la zona centro y universitaria del resto, la calle era vida en mil colores, vestimentas, procedencias, y la adornaban decenas de bolsas gigantes de Lidl y monitores ocupándose de los hijos de los consumidores. Después de un tiempo (¿un mes, un par de semanas, todo el verano?) cerrado, era 1 de septiembre, el supermercado reabría sus puertas y lo celebraba regalando la bolsa-bolso para las compras del nuevo curso. Medio Amberes se congregaba alrededor; yo, después de que Carrefour me la jugara con sus precios astronómicos, no podía ser menos. Quise arrasar y tan moderada estoy que al final no fue para tanto. Ya por la noche, en el primer acercamiento a un rebaño de Erasmus, lo agradecí: lo que no se vaya en comida se irá en cervezas sociables (mamá, no te asustes si lees esto). La plaza de Ossenmarkt, de nuevo a medio camino entre el hogar y la facultad, es el centro de sociabilización, bares y, todavía, terrazas. La caña sin tapa sabe vacía y a las once parece cualquier noche de noviembre (pensando en climatología madrileña), pero la compañía compensa. En un rato empezaremos el curso de flamenco, y los que ya lo probaron lo saben: “este idioma lo escribieron aquí sentados bebiendo cerveza; una v por aquí, una k, una j, y hecho. No tiene sentido”. ¿Qué más da? ¿Alguien pensaba sacar en claro algo más que nuevos amigos?

Eran las seis de la tarde, la bolsa-bolso con las compras ya descansaba en casa y debía hacerme con aquella otra prioridad. Bajo un precioso sol de otoño, en Meir (ese Preciados o Gran Vía) sólo quedábamos yo, el jaleo de folletos con tarifas y mis cuentas infinitas en el cuaderno. Es más: el dependiente de la tienda Belgacom, en la que días atrás había que sacar ticket para ser atendido, me tuvo que abrir la puerta en exclusiva. El resto del mundo, supongo, estaba en Lidl celebrando la reapertura de la vida. Dentro, trágicas noticias: Internet tardará una (o dos) semanas. Con la cara desencajada que se me debió de quedar, el muchacho confesó que había dicho lo de dos para “no decepcionarme” si algo iba mal, así que aún confío en volver al mundo online el viernes (que viene) como muy tarde. Hasta entonces seguiré estafándole algunos euros al del locutorio de la esquina y haciendo excursiones al centro, el paraíso de los wifis abiertos. Por lo demás, tengo un vecino y, pronto, un cerrojo más seguro en la puerta del portal: el actual sobrevive como puede después de que los estudiantes (españoles) del año pasado lo abrieran a patadas una noche de borrachera. Wim lo cuenta y se ríe. Aquí no hay normas de residencia, el estudio es nuestro y podemos hacer lo que queramos. Incluso, por 20 euros adicionales, dejarlo lleno de mierda, que ya se encargará él de limpiarlo. Bienvenidos al desorden Erasmus. Y a los estragos de los cafés triples.

1 comentario:

  1. Molas. Pues yo he probado el Monster. Cosa mala, Lía, cosa mala. ¿Crees que se puede ser adicto a la cafeína y derivados? ¿Cómo de peligroso es? ¿Es comparable al tabaquismo? Interrogantes.

    Hice un examen y confundí la mitad. Me quiero ir de Erasmus.

    Alegra la cara desencajada, mujer: menos interné, más vida en la ciudad.

    ¡Besos!

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