Noches de desenfreno, mañanas de ibuprofeno, o algo así. Ha bastado una semana para que las salidas nocturnas, el tiempo otoñal y la falta de ropa de abrigo, a la espera de que llegue el cargamento que dejé preparado para enviar, me hagan caer en la enfermedad. Hoy ya no son pellas: si voy por la tarde a clase (entendiendo tarde por 13.30h) tendré que explicarle a la profesora de Dutch que estaba mala. Y en Dutch, seguramente. Todo de repente es una vuelta al instituto: madrugones, seis horas de clase al día, workbook, deberes, exámenes. “Welcome to belgian education system: that's why we are on the top”. “Pero qué flipada”, se nos escapó. Después de tres años de césped, cafetería y relax en la UCM ya no estoy para estos trotes, que quizá también hayan tenido algo que ver en esta tos maldita.
Pero recapitulemos: hasta la tos, la semana bien. La vida es barrio aquí. Los estudiantes, los pocos que hay aún, se concentran en la plaza de Ossenmarkt. En sus pubs, en sus terrazas, bajo sus sombrillas amarillas y rojas. Los españoles, claro, ahorramos unos céntimos comprando la cerveza en el chino de la esquina y bebiéndola bajo un árbol que protege de la lluvia. Los portugueses pasan las horas en la puerta de su casa, donde bajan sillas y simplemente están. Los Erasmus más Erasmus trasladan el rollo Erasmus al De Proof. En el Jezuiet, un grupo de belgas que lleva toda la tarde fumando hace aspavientos y ríe tras las ventanas. Dentro, el perro de un ciego bebe del cuenco que tiene en mitad del bar y un señor en traje y con barba de tres días toca el piano. Y salvo algunas excepciones, el resto del mundo se va pronto a su habitación a hacer los deberes, estudiar para el test de mañana y dormir.
Es pueblo: te encuentras a todo el mundo por la calle, olvidas el transporte público, subes a casa rápidamente si necesitas algo. Hasta ahora sólo encuentro dos problemas: la lluvia-diluvio que te sorprende en cualquier momento (generalmente justo cuando sales del Lidl con la compra para toda la semana) y el incomprensible sistema de recogida de basuras, sin cubos, con bolsas oficiales (del ayuntamiento de Amberes) en las puertas y que no funciona todos, sino determinados días que sigo sin adivinar. Sólo falta Internet, ese cargamento con casi todas las cosas que poseo y conocer los días determinados de recogida de basura y la adaptación será, prácticamente, una realidad. Hasta entonces, y aprovechando que aún es septiembre y la lluvia da treguas intermitentes, que continúe en forma de cervezas, de excursiones a IKEA, a Lidl, a oficinas de registraciones varias y a lavanderías diversas en busca de la más barata, de quedadas para hacer el homework, de nombres y apellidos apuntados en el cuaderno y de mil nuevos amigos en Facebook.
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