Pero teniéndola a una hora de tren, y siendo tan aburridos como son los fines de semana en Amberes (y no es una cuestión mía: es que cierra hasta la night-shop), no podíamos dejar de posponer la visita a Rotterdam para otro día. Al final fue un lunes, el de Todos los Santos, festivo en Bélgica pero no en Holanda. ¿Que qué tal? Pues no es Gante ni Brujas. Tampoco Amberes, o partes de Bruselas, o Ámsterdam, o la arquitectura belga y holandesa en general.
Resulta que después de quedar destruida durante la Segunda Guerra Mundial, a Rotterdam decidieron hacerla nueva en lugar de reconstruirla y así ha ocurrido: que les ha quedado una mezcla de edificios con forma de lápiz, casas cúbicas, estaciones de tren en forma de OVNI, rascacielos con una proyección de luces diferente cada día, esculturas sin aparente sentido (pero con él) y, en general, un skyline de rarezas arquitectónicas sin miedo a cambiar cada año, que probablemente no sea pura belleza pero que por momentos te hace olvidar que estás en esta zona de Europa en la que en cada ciudad o Grote Markt que visitas sientes un déjà-vu. Súmale la teoría según la cual edifican (“se basan en la utopía de que si se da a la gente viviendas inspiradoras e imaginativas se convertirán en mejores ciudadanos”), el hecho coffee shops y ámala.
O al menos valora su descaro un poco más de lo que en general se hace.
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