sábado, 10 de marzo de 2012

Postcards from Lisbon

Hace unos años, en una clase de Periodismo, nos hicieron uno de esos test de actualidad en el que preguntaron el nombre del presidente de Portugal. Y nadie tenía ni idea. Parece que de Portugal sabemos que venden toallas, que las portuguesas tiene bigote y, si me apuras, que Madeleine desapareció por el Algarve. Y, precisamente, en una de mis últimas visitas a Berlín había notado algo curioso. ¿Sabéis el rollo de la publicidad, que va personalizada, en Internet, no? Pues mientras que los ads de Airbnb que me aparecían en España eran de habitaciones en Berlín, la ciudad de moda últimamente, los que me aparecían en Berlín eran de habitaciones en Lisboa. Lisboa estaba de moda en Berlín, en plena Europa, que va siempre un poco por delante, y yo aquí seguía pensando en las toallas portuguesas, porque anteriormente solo había viajado a Portugal a comprar toallas y mi imagen mental portuguesa era muy similar a estoPero basta ya, hombre: era hora de ir a Lisboa. El fin de semana pasado, aprovechando que mi amiga Ludmy estaba allí, compré unos billetes de autobús y marché. De vuelta, dolor de espalda e imagen mental portuguesa totalmente actualizada: Lisboa es estupenda (me perdonáis el adjetivo tan TRIVIAL) y Portugal parece, como dice siempre Naiara, el gran desconocido. 


48 horas en Lisboa
Llego a media noche a la estación de Oriente, de nuestro amigo y otrora héroe nacional Santiago Calatrava. Futurista y blanca, la zona pertenece al complejo de la Expo: cuadriculada, amplia, limpia, nueva y aseada. Pero la vieja Lisboa, la que cuentan en las guías, la que visita el turista medio como yo y la que está en estas fotografías es otra cosa. Está rota. Cualquier crónica sobre la ciudad que leas mencionará el terremoto de 1755 que la dejó devastada. "Y parece que todavía no se ha recuperado", dicen después.

El mercado de Ladra, los sábados por la mañana, donde el vintage es vintage de verdad y no el engaño que supone El Rastro; una fachada bonita; una estampa muy portuguesa, con el tranvía 28, y Ludmy sacando fotos.

Lisboa se cae a pedazos

Lo llaman 'aire decadente', en plan bohemio, pero es eso: se cae a cachos. Las fachadas están desconchadas y las calles mal asfaltadas. Aunque ahora que mi cocina también se cae a cachos ya no me hace tanta gracia 'lo decadente', siempre me ha gustado esa estética. De hecho, mis ciudades favoritas del mundo hasta la fecha también se caen a pedazos: así está La Habana ahora y en este plan te encuentras a veces Berlín. 

 
La Brasileira, sitio mítico para tomar café y en consecuencia a rebosar de guiris; la guía para sobrevivir a la ciudad que regalaban en el hostel, y la ventana de un restaurante con unos vinicos.

Las ciudades que se caen a cachos suelen tener algo de BIEN que son los precios. Aunque yo esto, tras mis anteriores experiencias portuguesas, me lo podía imaginar, Lisboa es todavía barata: por ejemplo, buen café (¿por qué el café siempre sabe bien en Portugal?) hasta a 0,70 € en algunos sitios, empanadas a 1 €, cervezas a otro. De estos paraísos que sabes que algún día se corromperán turísticamente. De momento, están de moda en Berlín. Y en ciertas áreas se notan determinados efectos urbanístico-gentrificadores de esos que tanto me gustan últimamente.

Los cupcakes son el nuevo McDonald's

Nos dijeron: Barrio Alto, ahí está la movida. Lo primero que se nos ocurrió hacer fue cortarnos el pelo en una peluquería moderna (cosas de chicas) pero mientras esperábamos nos dio por pensar más allá de los cabellos: con esta gente tan moderna cortando el pelo, por sus outfits, por la decoración del local y la música, podríamos estar en Londres, en Berlín, en París, en Amberes, en Barcelona, ¿no? 

Tras las calles comerciales de Zaras, H y M, Starbucks, McDonald's y demás en cada ciudad del mundo, llegan los barrios "alternativos" calcados, uno detrás de otro, llenos de locales con las cosas bonitas que se llevan: el brunch, las cafeterías monas, los cupcakes... Podría reflexionar eternamente sobre esto hasta llegar a apocalípticas conclusiones (anticapitalistas), pero seré más llana: mi experiencia de 48 horas me dice que si tú también estás harto de los cupcakes, el Barrio Alto no es tu sitio para descubrir Lisboa. Al menos de día, que es cuando yo lo visité.


 

Una fachada bonita; yo leyendo con un pañuelo comprado en el mercadillo de Ladra por 1 €, y fotos diversas de The Decadente, ese sitio maravilloso.


El tocador de la habitación; la ventana de la habitación; el pan del desayuno, y el desayuno puesto en bonito. Era casi el mejor hostel del mundo: con su patio, ropa tendida y gatetes paseando en el que te quedarías a vivir para desayunar cada día cereales en su terraza mirando al Tajo mientras te preguntas qué coño haces viviendo en Madrid. 


    
El barrio Alfama -el que más me gustó- en general: de tono pastel y ventanas grandes. Para acordarse de las fachadas naranjas. 



La zona de la expo, el edificio de Os Gemeios, un metro parisino al lado (en Lisboa) y el edificio de Os Gemeios por el otro lado.





1. Te vas al supermercado de la foto, en la estación Terreiro do Paço.
2. Compras una cerveza y una quitche por un euro y medio (repito: un euro y medio) 
3. Disfrutas del atardecer.

Así que a excepción de los cupcakes, Lisboa tiene todas esas cosas que adoro: desde edificios abandonados con arte urbano, fachadas derruidas de colores pastel hasta café barato y un puerto para ver el atardecer, uno de esos placeres desconocidos que descubrí en Amberes. Con todo, es una de esas ciudades que a mí predeciblemente me gustan. 

Puedes ser de París y Roma o de Berlín y Londres, de las cosas con mucho encanto como Brujas (el sitio más aburrido del mundo) o del grisáceo caos de Bruselas, por poner otro ejemplo. Y yo siempre fui más de las segundas. Pero hablando con personas que prefieren los lugares bonitos, todas coinciden en que Lisboa les gustó mucho, y supongo que ahí está la gracia: en que su destrucción es tan natural como encantadora. Así que espero que le dure mucho y no se vea invadida por cupcakes.

Dicho todo esto (!) con una semana de retraso, hasta el próximo viaje,

Besos,

Lía


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