Cuando el profesor Jesús González Bedoya llegó a su departamento el 20 de diciembre, encontró una nota que le convocaba a una reunión al día siguiente. Punto uno, sobre su docencia en uno de los grupos de Periodismo a los que daba clase. Punto dos, sobre las medidas a adoptar. Al día siguiente, y tras dos horas de reunión, el profesor González Bedoya salió de su departamento sin más docencia: el resto de profesores del departamento había decidido quitársela. Del grupo al que daba clase se encargaría otro profesor. Fue una decisión unánime y a mano alzada. (1)
El profesor González Bedoya había sido denunciado, pocos días atrás, por los alumnos del grupo de 5ºG de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, a quienes impartía la asignatura Teoría y Práctica de Dirección de Medios. ¿Las razones? En resumen, no seguir el programa de la asignatura. La denuncia de los alumnos, firmada por 54 de ellos, concretaba: las clases se basan en textos, en su mayoría en inglés, sobre temas alejados de la asignatura. La teoría se centra en el ámbito de la filosofía. La parte práctica, en el diseño de una aplicación informática. “El profesor no sigue el programa oficial fijado por el Departamento”, sintetizaba su escrito.
Es noviembre de 2011. El curso lleva un par de meses en marcha y decido pasar por clase para ponerme al día con varias asignaturas. Todo parece normal hasta que topo con un revuelo en una de ellas: no hay profesor. Hay problemas. “Los alumnos” han decidido denunciarle por no dar el programa de la asignatura como correspondía. El departamento, me explican, está planteando medidas y, a efectos prácticos, mientras tanto no hay clase. Todos fuman cigarrillos fuera mientras celebran la victoria momentánea.
Un grupo de 54 alumnos firmó varias hojas de denuncia y las acompañó de cinco hojas de apuntes. “Llegamos a clase, estaban repartiendo unas hojas, las firmamos y ya”, comentan algunos. “Fui a información y registro y entregué las hojas, nada más”, me explica Elena Herreros, la alumna que lideró el proceso. El asunto se puso en marcha y en menos de un mes, justo al comienzo de las vacaciones de Navidad, el departamento convocó la reunión.
La consecuencia más inmediata de aquella larga reunión de dos horas en la que el profesor defendió su programa fue, lo primero, apartarle de la docencia. Lo segundo, una denuncia de vuelta del profesor a los asistentes a la reunión y alumnos firmantes. En ella, el profesor exponía punto por punto el por qué de su materia. Una vez redactada, tuvo la delicadeza de enviarla por email a toda la clase.
Así que cuando, como alumna matriculada en el grupo, llegaron a mi bandeja de entrada esas doce páginas de denuncia, las hojeé con curiosidad. Con deducción casi cartesiana, el profesor Bedoya respondía a sus denunciantes enumerando y citando teorías, autores y hasta nuevos modelos de negocio con los que defendía su programa.
Los departamentos aprueban los programas de cada profesor, que tienen que cumplir con el programa oficial del departamento, que a su vez se estructura de acuerdo al plan de estudios. El programa que el profesor entregó al comenzar el curso era un 50% el oficial de la asignatura. Por un lado, los aspectos básicos de la Teoría y Práctica de Dirección de Medios, con sus puntos empresariales, jurídicos y tecnológicos. El otro 50% era un anexo con materia filosófica: desde las dicotomías de la inteligencia, las de la razón y las de los saberes, hasta otros puntos como la razón demonstrativa, argumentativa o las tres ideas de la razón pura de Kant.
“Resulta inadmisible”, argumentaba el profesor sobre la cantidad de contenido filosófico de su materia, “que potenciales directores de medios carezcan de las bases indispensables para pensar correctamente, con ideas claras, distintas, coherencia y rigor lógico”.
La parte práctica de la asignatura, por otro lado, se apoyaba en una herramienta desarrollada por el propio profesor: Docuplay, su proyecto personal. Una gran base de datos en Internet que clasificaría (aún tiene partes “en construcción”) aplicaciones informáticas y periódicos dedicados a actividades económicas concretas. Entre sus bondades, Docuplay, explica el profesor tanto en su denuncia como en un documento confidencial que compartió con los alumnos, se distinguiría por las aplicaciones y la ludificación.
A poco que uno lea Internet, así en general, le llegarán ecos de ambos temas de moda al otro lado del Atlántico. La venta de aplicaciones informáticas en un gran mercado online es el invento de Apple y el cambio de modelo en Internet: de la sobresaturada web y los ya casi arcaicos buscadores a pequeños iconos en tu pantalla que te dan, directamente, la funcionalidad que buscas. La ludificación, o gamificación en voz inglesa, es otro de los términos que pegan fuerte en la red estadounidense. Para hacernos una idea, consiste en introducir mecánicas de juego en todo lo que se nos ocurra: desde la eduación al marketing, pasando por los medios. Por poner un ejemplo cercano, el laureado The New York Times ha publicado ya varios reportajes con pequeños juegos que ilustran de forma didáctica el tema. El último, uno sobre, precisamente, lo adictivo de los jueguecitos online: para abrir boca, The New York Times disponía sobre el texto un juego que enganchaba al lector... antes de leer el propio artículo.
Así que lo que planteaba Jesús González en su denuncia me puso sobre la pista. No solo eso. “Quién sabe. Lo mismo en cuatro o cinco años a alguno nos llaman a declarar a Bruselas sobre el tema y aparecemos en las portadas de los periódicos por haberle quitado la libertad de cátedra a este profesor...”, venía a bromear (2) Fernando Peinado, director del departamento de Periodismo IV y sustituto inmediato del profesor cuando apareció por primera vez en clase para explicar qué estaba pasando con la denuncia y la asignatura. La tediosa idea de Docuplay, que incluso entraba en política y afirmaba que “el partido ganador el 20N prestará un gran servicio a España si saca provecho de una gran red de redes sociales que pronto tendrá el récord en la producción y gestión de aplicaciones capaces de impulsar la productividad y la competitividad de nuestra economía, produciendo y exportando”, se aplicaba en la parte práctica del programa.
Volviendo a él: escribir el guión de una aplicación, uno de los puntos que denunciaban los alumnos, no es programarla. Así lo explica el profesor: “mi aportación”, continúa la denuncia, “consiste en separar la creación de guiones de aplicaciones de la programación de tales guiones”. La creación correspondería, según González Bedoya, a profesionales de humanidades y ciencias sociales. Al hilo de esta idea, Bedoya defiende haber ofrecido a los alumnos ponerles en contacto con programadores latinoamericanos, “de renta muy inferior a la española”, para que desarrollaran sus aplicaciones. Que, por supuesto, podrían aplicarse al diseño de nuevos medios de comunicación de los que ellos podrían ser directores, tal y como reza el nombre de la asignatura de la discordia. Y que, por supuesto, los alumnos ignoraron. Bedoya apunta que “los alumnos, pasando por alto esta separación original y de gran valor estratégico y diciendo que les obligo a hacer el `diseño de una aplicación informática´, estarían imputándome un delito, puesto que sería sin duda un abuso de poder por mi parte obligarles a hacer lo que no saben hacer en absoluto (...) Este rechazo de la elaboración de un guión de aplicación informática resulta extraño además porque el curso anterior los alumnos se lo tomaron con gran interés, como puedo demostrar con los numerosos trabajos presentados”
“La verdad es que es la primera vez que escucho lo de Docuplay. No voy a cuestionarlo, pero a priori, me cuesta bastante verlo. No deja de ser una opinión estrictamente personal, aunque así a primera vista me cuesta comprender para qué sirve ese sitio, y no termino de encajar lo de escribir “guiones” para gamificar empresas”, explica Sergio Jiménez, consultor experto en gamificación, cuando le pregunto sobre la viabilidad del proyecto. Fernando Peinado, por su parte, continúa explicando cómo Bedoya defendió su programa. “Aquellas fueron dos horas de reunión... en las que, a ver, es que es muy duro. Primero nos llamó a todos tontos: todos somos unos auténticos dinosaurios y no tenemos ni idea de nada. Él único digital es él. De tal forma que incluso algunos compañeros de Departamento le preguntaron: vamos a ver, señor Bedoya: ¿usted sabe lo que yo hago? Porque tenemos profesores que, por ejemplo, son muy seguidos en Twitter. Y tenemos profesores que están bastante puestos en temas de tecnología, redes sociales... Entonces este hombre estaba cerrado: ‘nadie tiene ni idea de nada menos yo. El único que es del s. XXI soy yo'”.
Jesús González Bedoya está ahora mismo de baja por depresión. Es su abogado quien responde por él. Su situación no le permite coger el teléfono ni responder a un email. En cambio, Antonio López Caballero, quien está llevando su caso, actúa como portavoz. Coge el teléfono, “aunque no me gusta hacer estas cosas por teléfono”, para explicar que, “un poco por todo junto, por esta situación que le han plantado”, el profesor está de baja.
Con cargo de profesor emérito (profesor ya jubilado y contratado por la Universidad como un honor a sus servicios prestados) y ex profesor Titular de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, del departamento de Periodismo IV, su especialidad es la Ética, asignatura que desapareció del currículo del departamento hace varios años. A cambio, asumió la asignatura de Teoría y Práctica de Dirección de Medios, la segunda parte de Empresa Informativa. “Y ahí es donde empezaron los problemas”, me resumieron en la charla que tuve en el Departamento. “Este hombre nos ha dado mucho la lata, la verdad”. En el momento en el que su asignatura desapareció del currículo del departamento, él pudo solicitar el traslado a otro en el que seguir impartiendo Ética. Y “no sabemos si lo hizo o no. O si lo hizo y no le quisieron”, deja caer Fernando Peinado. El abogado de González Bedoya no se pronuncia sobre este asunto.
No es, de hecho, la primera vez que alguien escribe sobre esta serie de problemas. La trayectoria del profesor Bedoya está salpicada de denuncias, idas y venidas contra alumnos, departamento y hasta rectorado. Como relata un artículo publicado por Republica.com, el revuelo empezó en 2007 cuando un grupo de alumnos denunció por primera vez al profesor porque les hizo sentarse por orden alfabético para controlar su asistencia. Sobre esto, Fernando Peinado apunta que “ya había habido problemas anteriormente. Pero no habían trascendido porque habíamos conseguido llegar a una evidencia entre profesor y alumnos, y entonces no hubo escritos. Pero ese año él insistió en colocar a todos los alumnos por orden alfabético, y ellos dijeron que no eran unos niños y que no podían. Se armó un lío espantoso y le denunciaron”.
Pero el artículo, de 2011, se centra en la denuncia que, a raíz de los problemas con los alumnos, Bedoya interpuso a Carlos Andradas, candidato a rector de la Complutense en las elecciones de aquel año. El profesor le acusaba “entre otras cosas, de falsificar el acta del docente para aprobar a unos alumnos que estaban suspensos, obviamente sin el consentimiento del afectado, y de liderar a un grupo de personas que bajo el amparo de la asociación Altavoz han actuado contra él organizados y coordinados para acosarle”. El artículo, que solo cita como fuente al profesor, incluye también críticas de este hacia la torpeza tecnológica del rector. “‘Al actual rector Internet le da igual’ y ‘deja fuera todo lo que se llama progreso e innovación. Así se demostró, según sus argumentos, cuando el curso pasado se prohibió su programa, que hablaba ‘de la sociedad de la información y revolución en internet’. Por eso cree que lo prohibieron, ‘porque era muy moderno’”.“Considero que este programa esta totalmente adaptado a los medios de comunicacion y es innovador. Es lo que duele en esta universidad, ser innovador. En españa se odian las novedades pero no me explicaba que fuese hasta estos extremos”, afirmaba ya entonces Bedoya.
¿Qué pasa, qué no funciona?, pregunto en el departamento. “Está dando una asignatura que no es la que tiene que dar. Él, de Ética, es una personalidad. Pero aquí no hay Ética. Es como si yo me pongo a dar Historia Sagrada por ser experto. ¡Pero resulta que aquí no hay!”.
- Bueno, no será el único profesor que se salta el programa- inquiero.
- Ah, ¡pero los alumnos no protestan! ¡Este profesor no explica Empresa Informativa y además suspende a los alumnos! ¡Porque si al alumno le explicas y luego le apruebas el alumno no hace nada! El departamento no se mete en cuestiones si los alumnos no se quejan. Si ellos están contentos, ¿el departamento qué va a decir?”. Casi sin quererlo, habíamos llegado al quid de la cuestión: los alumnos descontentos. Los alumnos que pagan por una matrícula y exigen su derecho a recibir la asignatura por la que han pagado.
Los mitos se perpetúan con facilidad. Y la verdad es que meses antes de la denuncia de 2012, ya corría en Facebook un rumor relativo a la asignatura y al profesor Bedoya. Esto funciona así: los alumnos más antiguos transmiten a las generaciones siguientes cómo era el examen de aquel profesor o si con un trabajito valía para aprobar la otra asignatura. El método, el boca oreja tradicional, está a golpe de click desde que Internet apareció en nuestras vidas. Alguien, de pura casualidad, me había alertado anteriormente de que este proceso de denuncia - aprobado general era la tónica instituicionalizada en las clases de Teoría y Práctica de la Dirección de Medios de Bedoya. Otra fuente, la respetada y a veces determinante web con la que los alumnos escogen grupo para matricularse, elratotonto.info, recogía comentarios sobre él.
De las categorías en las que elratotonto.info divide a los profesores, (Píllalos, Alla tú y ¡No, no, no y no!) el profesor González Bedoya se encontraba en la tercera. La sabiduría de nuestros antiguos compañeros advertía de que no, no y no y nos ponía en antecedentes. “A saber: sus alumnos llevan dos años presentando firmas al rector, decano, jefe del departamento, defensor del alumno e inspector de la facultad por su particular manera de dar las clases”. En mi caso, un amigo de cursos superiores también me advirtió: “¿Yendo a clases de Bedoya? Aprobar es gratis con sus líos de departamento. En la primera clase a la que fui me contaron que llevan años aprobando con las firmas en el departamento. Ni una clase, ni un minuto de estudio, y un cinco. Tienen montado un lío tremendo en el departamento. Firmas a final de año y te aprueban gratis... al menos en los últimos tres años”. En su curso, me explica posteriormente, cuando indago en el caso, al poco tiempo de empezar el curso se puso en marcha “la maquinaria: nos repartieron las hojas de denuncia, firmamos y aprobamos”.
Los últimos años habían sido algo más que problemas. Habían sido la perpetuación de un mito: el de que a Bedoya se le denunciaba para aprobar. Y el mito y su maquinaria a habían llegado frescos al curso 2011/2012. Sustituido el profesor Bedoya, aprobada la asignatura con un trabajo de dos páginas y de lleno en el segundo cuatrimestre, con un lío menos y cuatro créditos más, volví a acercarme por clase y varios compañeros vinieron a confirmarme lo que ya intuía: sí, sabían de sobra cómo funcionaba el procedimiento. La propia Elena, que entregó las hojas de denuncia, me lo confirma cuando voy a preguntarle. “¿Sabías que esto funcionaba así?”. “Claro, claro que lo sabía”. Elena responde orgullosa y se va.
Y así es como hemos llegado hasta este punto. Una dinámica docente que no gustaba a los pupilos, un departamento harto de problemas y un grupo que atiende y replica lo que ya ha funcionado en cursos anteriores.
“Mira, si los alumnos se te quejan no hay nada que hacer. No somos vigilantes”, explican desde el departamento. “¿Cuál es el fallo de todo esto? Que si el alumno fuera a un tribunal, si lo denunciara ante un tribunal ordinario... Pero como al alumno lo único que le interesa es aprobar, él busca el modo de aprobar, no de que le den la razón, no la justicia. Y de esta manera, el departamento no tiene más que buscar una solución que siempre termina en aprobado. Nadie se va a la justicia ordinaria porque piensan: si me voy a la justicia ordinaria no me licencio en mi vida. El planteamiento es: todos a una, Fuenteovejuna. Al final, tú quieres aprobar. Y nosotros en la mayoría de las situaciones lo que queremos son los menos problemas posibles".
De momento, el caso está en “stand by” debido al estado de salud del profesor, responde su abogado. Y de momento, pendiente de entrar a trámite en el propio sistema de la facultad. Para los profesores, un problema menos, para los alumnos, un aprobado más. ¿Y él, qué dice de todo esto? Pues que “ellos se lo pierden”.
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Siempre digo que algún día escribiré un post con lo que pienso sobre la Universidad, pero en el fondo creo que los hechos tienen más peso que gritar mi opinión. Y de los hechos reseñables que he visto en cinco años de facultad, es posible que este se lleve la palma.
Besos,
Lía
Actualización
Fernando Peinado hace dos aclaraciones:
(1) "Los profesores del departamento no quitan nada a nadie". Como me explicó el propio Peinado cuando charlé con él, el Departamento ha hecho una redistribución de la docencia que imparten los distintos profesores y en ella ya no está incluida el profesor Bedoya, que conserva su puesto de profesor emérito y que puede investigar.
(2) "NO ERA NINGUNA BROMA. ES UNA POSIBILIDAD REAL. Lo que ocurre es que de producirse, ninguno de vosotros estaréis implicados y tendréis seis créditos colgando que impedirían que os hubierais licenciado. Tan solo eso"
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