Y Estocolmo, aun sin luz, pintó bien. Los canales marcan la diferencia entre las distintas zonas de la ciudad: el “centro”, amplio, lleno de tiendas de decoración funcional y con el paraíso en forma de un H&M en cada esquina; Gamla Stan, turístico, estrecho y un souvenir en sí mismo; el ensanche Östermalm; Skansen, museo-zoo-recreación de la vida antaño, recomendado por todo el mundo y una helada experiencia para mí como para aconsejarlo, y Södermalm, el ¿soho? de la ciudad. Por donde se movía Salander y por donde tiene que ser genial moverse con luz y temperaturas positivas.
Yo volveré. Y, por si alguien se decide también a probarlo, aquí va mi sugerencia: el puente desde el que está tomado la foto, a la entrada de Södermalm. Un buen concepto, y poco turístico, para tener otra vista de la ciudad.
De vuelta a Amberes, 24 horas de descanso y a avión hacia la, seguramente, más fría Berlín, de la que ya he dicho alguna cosa en algún momento (I y II) y puede que vuelva a decir cuando el estado de alarma en el que se encuentra mi calendario universitario me lo permita.
Hasta entonces, feliz y – en serio – tropical diciembre, en España.
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