Yo pensaba que en España éramos de los únicos que se colapsan cuando nieva porque no estamos preparados para tales imprevistos . Igual que en Francia hace siete años llegaron a los casi 40º y se murieron cerca de 15.000 personas (siempre utilizo el mismo ejemplo porque me parece bastante representativo). Creía que aquí, en pleno continente, las nevadas eran como el pan de cada día, como parte de la vida invernal, del biorritmo de las ciudades, y que habitar con ellas sería un hecho irrelevante, algo sin más.
Me equivocaba. Resulta que en Bélgica saben mucho de lluvia, pero la nieve aún les pilla por sorpresa. Bromeo con comprar raquetas para salir a la calle pero es que nada más lejos de la realidad: ir al chino de abajo a por una cerveza se convierte en una especie de travesía por Navacerrada. Las aceras son estrechas y con pendiente, las esquinas una caída asegurada. Y eso que no ha caído tanto – en Madrid las he visto peores -, pero la no-vida en la calle, los no-coches por la carretera y, por supuesto, la total ausencia de servicios públicos para paliar la situación (¿máquinas quitanieves, sal…? Yo sólo hago sugerencias), convierten Amberes en un manto blanco que dura días, que se congela por las noches y que incomoda la existencia. Ríete tú del colapso madrileño del invierno pasado.
Tiene delito que, después de tres meses aquí, sólo haya explicado factores belgas para quejarme de ellos, como el estúpido sistema de recogida de basura o, ahora, mi monotemática cruzada contra el temporal. Amberes tiene muchas cosas y muy bonitas que recogeré en algún otro post (sí), pero la mezcla de domingo por la mañana y paquete de café vacío me ponen de mal humor. Y mira que en realidad debería celebrar que, por primera vez en toda la semana, pasamos de los 0º.
Hasta entonces, besos.
Lía
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