Lo de moverse en bici es algo que se estila mucho en estos lugares europeos. Sinónimo de modernidad, responsabilidad ambiental y otro tipo de movilidad o no, lo cierto es que el asunto es tan tendencia que da, como veis, hasta para escribir blogs sobre él. Si eres Erasmus ya no quiero ni contarte: es como una de las piedras angulares de la experiencia. Supongo que porque en España no estamos nada habituados a transportarnos así – hasta donde yo conozco, Barcelona es de los pocos sitios en los que es más común ir en bicicleta – y es llegar a ciudades que a veces parecen chatarrerías y en las que que un ciclista te atropelle resulta un riesgo factible y sentir la necesidad de bicicleta. Porque aquí ya puede llover o tronar que prácticamente todo el mundo se las apaña para cubrirse de plástico y ser capaz de cargar con la compra, la mascota o los hijos. Sobre esto último hay quien dice que cómo son capaces estos belgas de llevar a los críos en remolques atados a la bici, que imagínate que pasa algo, y la verdad es que razón no les falta, pero, eh, a mí la estampa de una madre o padre pedaleando mientras sus niños disfrutan de las vistas en el carrito de atrás me parece encantadora. En cualquier caso: sí, ya sea para ir a la compra, a la guardería o al trabajo, lo normal es hacerlo en bici.
Lo normal también parece ser que, tan pronto como la tienes, ya no la tengas. Bien porque algún grupo de estudiantes (omitiré nacionalidades) haya salido cizalla en mano a hacerse con algunas, bien porque para evitar precisamente eso compres un candado tan bueno que si pierdes la llave no haya manera de solucionar el entuerto, bien porque, aplicando el concepto de party-bike, alguien la haya tomado prestada a la salida de una fiesta para llegar a su casa (historias reales). El caso es que, cuatro meses después de haber llegado me he hecho, ¡por fin!, con mi bicicleta. A falta de ponerme en plan art attack, darle un lavado de cara, cortar como pueda los candados de sus antiguos dueños (que la dejaron por la calle sin mayor preocupación hasta que yo la encontré) y lavar las alforjas (otro must que también encontré también por las calles), descansa majamente en el portal.
Moderno, responsable, de diferente movilidad o no, lo de tener bici en Amberes era un must que estaba tardando pero que definitivamente ya tengo. Espero, eso sí, que tan pronto como esté diciendo esto no me toque venir a contar que he dejado de tenerlo.
Hasta ese momento, u otro, besos,
Lía
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